David Copperfield (CHARLES DICKENS)

La huella autobiográfica que Charles Dickens (1812-1870) dejó en David Copperfield, una de sus obras más importantes, convirtió este libro en el más cercano a su corazón. David, como Dickens, vivió una infancia feliz leyendo y asistiendo a la escuela hasta que su suerte cambió. La transmutación íntima de ambos, protagonista y autor, fue compleja y sutil. Aunque ficción y realidad no siempre coinciden, las desdichas de la niñez, el trabajo en la abogacía, la condición de escritor y varios de los personajes responden a la experiencia personal del autor.
Narrada desde la distancia del adulto, la vida de David Copperfield encierra sátira y humor irónico, luto y angustia, pero también mucha alegría y ruido de personas.

Emma (JANE AUSTEN)

Emma cuenta la historia de una inteligente y laboriosa joven empeñada en hacer de Celestina de todas sus amistades. Cuando su institutriz, amiga y confidente decide contraer matrimonio, Emma Woodhouse se que sola con sus propios sentimientos y se enfrenta al vacío de su vida y a la penosa tarea de intentar que los demás lleven una vida tan perfecta como la suya. Todos sus trabajos de manipulación sentimental crearán a su alrededor una telaraña de enredos, malentendidos y confusiones que ponen a prueba su confianza en sí misma.

EL corazón de las tinieblas (JOSEPH CONRAD)

Tejida en torno a una anécdota mínima -el viaje que por el rió Congo hace Marlow para relevar a Kurtz, un agente comercial que se halla gravemente enfermo-, El corazón de las tinieblas constituye una tensa reflexión moral acerca de la soledad y de la lucha del hombre en su enfrentamiento con las fuerzas incontrolables de la naturaleza. Joseph Conrad (1857-1924) introduce al lector en un mundo alucinatorio en el que las tinieblas de la jungla africana y la tenebrosidad de los instintos olvidados se funden, armando una trampa inasible a cuyo poder de aniquilación acaban sucumbiendo los personajes.

Notre-Dame de París (VÍCTOR HUGO)

Notre-Dame de París, uno de los grandes e indiscutibles clásicos de todos los tiempos, cuenta la historia de la gitana Esmeralda, quien en compañía de su cabra Djali toca la pandereta y baila en las calles de París para subsistir, hasta que es acusada de haber asesinado al capitán Phoebus, su amado, y condenada a la horca. Sin embargo, el jorobado Quasimodo, campanero de Notre-Dame, que tras su deformidad esconde un corazón sensible y sediento de amor, lucha por salvar a la gitana. Recreación del mito de la bella y la bestia y uno de los monumentos de la literatura francesa, Notre-Dame de París es una historia verdaderamente inmortal.

El color prohibido (YUKIO MISHIMA)

Shunsuké, un famoso escritor sexagenario, se siente atraído por la extraordinaria belleza de un joven homosexual, Yuichi. Encallado en una encrucijada vital, se ve tentado por la idea de vengar por medio de él las muchas frustraciones que le han hecho experimentar las mujeres y se embarcará en un juego perverso cuyas insospechadas consecuencias está muy lejos de prever. En El color prohibido -expresión japonesa que hace referencia a la homosexualidad- Yukio Mishima (1925- 1970) nos ofrece una obra teñida de una atmósfera turbia e inquietante acerca de un mundo prohibido.

Ivanhoe (WALTER SCOTT)

Considerada la mejor novela de Walter Scott, Ivanhoe narra la enconada lucha de un hombre para establecer su buen nombre... y de paso el de la corona. Son tiempos difíciles, de luchas entre dos pueblos antaño hermanados, el sajón y el normando, y el príncipe Juan sin Tierra planea coronarse rey, aprovechando que Ricardo Corazón de León se halla luchando en las Cruzadas.
Ricardo necesitará la ayuda de un caballero ducho en el campo de batalla, y ése será Wilfred de Ivanhoe. Desheredado por su padre, desposeído de sus tierras y dehonrado, Ivanhoe tendrá ocasión de reparar las muchas injusticias de que ha sido vícitima. Pero para ello deberá luchar a muerte en combate singular, escalar los muros de un castillo, ser apresado, liberado por el vil Robin Hood, y ello al tiempo que lidia con dos mujeres que se disputan su amor, la judía Rebeca de York y la aristócrata lady Rowena.
La obra de Scott marcó un hito en la historia de la literatura, tanto por compendiar las virtudes de la novela de caballerías como por acercar la historia a los lectores con la combinación de aventuras, traiciones, lances inesperados, amores imposibles... y son esas cualidades las que hacen de  Ivanhoe una de las novelas históricas más leídas aún hoy.

De Zerf a Puttelange-aux-Lacs. (Día 40)

Hoy tocaba despertar sobre un blando colchón revestido con blancas sábanas, arropado por un grueso cobertor, también de color blanco, que me atornillaba sobre el lecho y me invitaba a permanecer en tan agradable posición durante unos minutos más. No obstante, sabía que el día se presentaría tan frío como los anteriores, y antes de sucumbir ante la tentación, termino desperezándome, pues bajo estas duras condiciones pre-invernales la dignidad con que se logrará avanzar es todo una incógnita, y más vale arrancarle al día algunos minutos. Pero antes que nada, como en la hospedería en que me hallaba el desayuno estaba incluido, bajé al salón que hacía de comedor a dar buena cuenta de las suculentas viandas matutinas que me fueron generosamente servidas. Probé distintas clases de panes, mantequilla, huevos, fiambres, salchichas,... y así fui rellenando el amplio hueco abierto por el constante agotamiento al que me sometía jornada tras jornada. Luego de este delicioso momento, subí a la habitación para terminar de recoger, entre otras cosas, toda la ropa que tenía secándose junto a la estufa. Ya con las alforjas armadas y bien equipado y protegido contra el frío, me despido de la amable y un tanto curiosa señora que me había servido y salgo en busca de mi querida y estimada compañera de viaje.

Efectivamente, el día amanece bastante frío, aunque por suerte luce un espléndido cielo azulado, que ofrece un magnífico colorido al mundo y, particularmente, a mi deteriorado ánimo. La carretera comenzaba exigente, y es aquí donde se presenta, una vez más, la eterna disyuntiva. Hace frío, así que te abrigas, pero como vas haciendo un cierto esfuerzo, comienzas a sudar y a pasar calor. Si te quitas el abrigo, te congelas, si te quedas con él puesto, lo mojas y luego, también te congelas. Por suerte, no como en otros días, no caía un auténtico diluvio sobre mí y el sol siempre echa una mano, así que prefiero desprenderme de algo de abrigo y conservarlo para la bajada. Aquí se aprecia la importancia de ir equipado con el material apropiado, cosa que por no hacer, por inexperiencia, pagué una y otra vez en este viaje. Sigo ascendiendo, con el resto de fuerzas que poco a poco me van restando, hasta que llego al que deduzco punto más elevado antes del cruce que tenía intenciones de coger, y que me debería de conducir hacia las proximidades de un río, lo cual garantiza que no vas a tropezarte con fuertes desniveles. La bajada es acentuada y transcurre a la sombra de un frondoso bosque, por lo que el frío aumenta considerablemente. Llego al siguiente pueblo, donde la amplia superficie comercial se encuentra cerrada. Sigo hacia adelante.

Tan solo iba provisto de un mapa que comprendía las naciones de Bélgica y Luxemburgo, y ahora me encontraba errando por tierras germánicas, por tanto, a punto de desaparecer por la esquina inferior-derecha del mencionado mapa. La intención era encontrar un nuevo plano, el problema era que no tenía una ruta trazada, ni sabía cuál era la que más convenía a mi destino, así que era un constante improvisar. Al tratarse de dos grandes paises (Francia y Alemania) entre los cuales me tocaría avanzar en las próximas jornadas, los mapas más convenientes no eran fáciles de encontrar, pues estos suelen subdividirse por regiones concretas. Los que encontraba tan solo me eran útiles una serie de kilómetros, por lo que no compensaba la inversión a realizar, así que tras rebuscar en los dos únicos establecimientos que encontré decidí arriesgarme, ser honrado y solicitarle permiso a la dependienta para fotografiar las partes que más me interesaban. La señora accede, me pide que lo haga en un lugar fuera de la vista, y a ello me pongo. Muy agradecido compro aunque sea algo para comer y de allí salgo con mi chapucero mapa digitalizado.

No puedo decir que disfrutase mucho del paisaje ni de mucho más a lo largo de este día. Tenía la impresión, como en otros, que era una simple jornada de trámite, aunque siempre consciente de que a la vuelta de cada recodo del camino te puede estar esperando cualquier tipo de sorpresa. Luego entiendes que no hay jornadas de trámite. El frío no me mortifica tanto como en días pasados, pero los kilómetros no parecen avanzar. Y es que a la adquisición de un nuevo mapa le sigue su período de adaptación al mismo, de asimilación de las distancias e interpretación de su trazado. Voy cansado y al encuentro con la frontera con Francia. Además era  festivo e iba sin comida encima. Los pocos establecimientos que encuentro aparecen cerrados. Tengo mis esperanzas depositadas en una población llamada Saint Avold, a donde llego tras un dilatado período de desesperante pedaleo. Pero para mi sorpresa, no hay ni un alma en las calles e igualmente estaba todo cerrado. Un tanto desconcertado por los imprevistos y como tampoco había muchas más vueltas que darle, continuo ya avanzada la tarde hacia el siguiente pueblo.

Un rato después, llegaba y, para mi sorpresa, el pueblo se encontraba en fiestas. Había un escenario montado en la plaza, atracciones para los niños, sonaba la música, la gente andaba de un lado para el otro y pienso que, por fin, voy a conseguir algo de comer. Así que lo primero que hago es alimentarme como buenamente puedo. Frente a la tienda en la que había entrado se encontraba un pequeño cruce, y en la esquina del mismo aparece un reducido panel que señala la dirección del camping municipal, y en el cual no habría reparado de no haberme detenido allí. Mis intenciones eran las de seguir un poco más, aún quedaba luz suficiente para continuar avanzando, sin embargo, pienso que hoy me merezco un poco de compañía y un poco más de descanso, así que me pongo en marcha y en la dirección que el referido panel me señalaba. Avanzo por la carretera, a la espera de otra señal, pero esta tarde en llegar. No obstante, lo hace. Encuentro un cruce y una señal, luego otro cruce y otra señal, y cuando me doy cuenta estoy haciendo un nuevo kilometraje con el que no contaba y que me aleja completamente del pueblo para introducirme a lo largo de una amplia vaguada. A uno de los lados de la estrecha calzada por la que circulo encuentro un emplazamiento con varias caravanas aparcadas, a las que acompañan distintas parcelas desocupadas, por lo que intuyo que ese debe ser el camping. Como no encuentro a nadie me acerco a una vivienda próxima a preguntar, y allí me indican que ese no es el camping, no, que este está más adelante, así que sigo avanzando un tanto confundido. Llego a un cruce en el que otra señal me indica girar a la izquierda. Y entonces me topo con la primera sorpresa, un hermoso embalse, que reposaba sereno y refulgente como la superficie de un mayestático espejo postrado en la tierra, y sobre el que yacían dulcemente algunos botes, que parecían como tapizados de fino terciopelo con el que acariciarían el delicioso lustre del  inmóvil reflejo. Distintos pescadores se repartían ya en su interior ya en sus riberas, mientras el tiempo parecía detenido, o era el sol el que parecía resistirse a caer y dejar de contemplar así tan bonita estampa.

  Para acceder al camping debo atravesar el muro del embalse. Cuando llego al final, me llevo la siguiente sorpresa: está cerrado, con cadenas incluso, no hay manera de acceder. Me doy la vuelta. Entonces una fugaz idea ocupa mi pensamiento, "no fue una buena decisión venir aquí". ¿Cómo podía ni tan siquiera ocurrírseme tal cosa ante aquel espectáculo? Rectifico rápidamente y me dispongo a preguntar a alguien si sabe dónde puedo encontrar otro camping próximo. Hablo con una pareja que me indica que mejor pregunte en lo que me pareció entender un "restaurante" a la entrada. Yo no recordaba haber visto ningún restaurante, pero también debía reconocer que iba tan solo atento a la aparición de un camping, haciendo caso omiso de cualquier otra cosa que pudiera encontrar por el camino. Retrocedo, pues, hasta la carretera principal, sin acertar a distinguir ninguno. Pensándolo mejor, lo extraño hubiera sido haberlo encontrado en aquel lugar. Vuelvo a dar la vuelta, esta vez más atento, hasta que doy con un pequeño quiosco de estos móviles que suelen afincarse en las fiestas de los pueblos para vender hamburguesas o perritos calientes, a diferencia de que allí la especialidad de la casa eran las pizzas. Evidentemente, algo no había entendido bien.


 Localizado el lugar, me acerco a preguntar. La señora y el señor que lo regentan me miran con una mueca que oscilaba entre la indiferencia y la impasibilidad, luego me responden con acento un tanto tosco un mísero "No sabemos". Miro en derredor, pero lo único con lo que mis incrédulos ojos se tropiezan es con tres ancianos, arrellanados en sendas butacas alrededor de una mesa, con expresión, si acaso, un tanto más benévola que la de sus paisanos, pero incapaces de emitir un sonido distinto de aquel quejido tenue, como si al querer buscar en ellos algún tipo de apoyo les hubiese provocado involuntariamente una aflicción más que sumar a la dolorosa carga con la que el paso de los años les había retribuido. Resignado me doy la vuelta para abandonar el lugar, cuando un chico que se encontraba cenando con su pareja, y en quien yo no había reparado, me llama y me pregunta qué andaba buscando. Le planteo mi situación y, sorprendentemente, me indica que tiene una pequeña casa ahí al lado, que si quiero puedo pasar allí la noche. Todo esto con una expresión de ostensible desinterés, por lo que sin pensarlo mucho acepto la invitación. Esta era la gran sorpresa que me tenía este día reservada. Me aparto para esperar a que terminen de comer, pero pronto se me acerca Heiko (así se llama él) y me invita a tomar un café calentito con ellos. Allí pasamos unos instantes muy gratos, en los que me alimento más que con el café con la bondad tan absorbente que denotan. Luego ellos se suben en el coche y yo los sigo, como puedo, detrás, pues voy realmente agotado y me cuesta horrores seguirles de cerca. Luego llegamos a la casa, me ofrecen una ducha, que, por supuesto, me doy, y cuando salgo del aseo ya se encuentra la chimenea encendida, en uno de los rincones de la pieza principal de la vivienda, en donde prácticamente el único mobililiario, además de la chimenea, era una extensa alfombra de lana blanquecina, sobre la que, con la ayuda de unas almohadillas, nos acomodamos, bebimos cerveza y conversamos durante varias horas. Fueron instantes maravillosos, con una compañía excepcional, en los que con  el vivo crepitar de las calurosas llamas de fondo, pude disfrutar de uno de los momentos más extraordinarios de todo el viaje. No encuentro palabras para expresar lo que algo tan simple pudo suponer a mi persona, tal vez ni tan si quiera procuro intentar encontrarlas, pues es una de esas sensaciones para las cuales las palabras siempre se te hacen poco. Lo único que puedo hacer desde aquí, es plasmar un "Gracias Heiko y Sabine", que persistirá no tanto en estas páginas como en mi pensamiento. Y esto fue todo por este día.

El Prisionero del cielo (CARLOS RUIZ ZAFÓN)

Barcelona, 1957. Daniel Sempere y su amigo Fermín, los héroes de La Sombra del Viento, regresan de nuevo a la aventura para afrontar el mayor desafío de sus vidas.
Rebosante de intriga e emoción, EL Prisionero del Cielo es una novela magistral donde los hilos de La Sombra del Viento y El Juego del Ángel convergen a través del embrujo de la literatura y nos conduce hacia el enigma que se oculta en el corazón del Cementerio de los Libros Olvidados.

La educación sentimental (GUSTAVE FLAUBERT)

La educación sentimental gira en torno a la existencia y peripecias de su protagonista, Frédéric Moreau, joven acomodado que en 1840 llega a París a los dieciocho años para proseguir sus estudios. Sin embargo, esta novela, como todas las grandes obras, es mucho más: es el retrato asombroso de una sociedad y de una época contra el fondo de los hechos históricos reales. Y en él, con maestría inigualable, se insertan las vidas cotidianas de sus numerosos personajes y su distinta evolución a lo largo de los años con sus penas y alegrías, sus logros y sus frustraciones, de modo que página a página acaba tejiéndose una de las novelas más inolvidables de la literatura europea.

La montaña mágica (THOMAS MANN)

La montaña mágica no es sólo la mejor obra de Thomas Mann, sino también uno de los libros más importantes de todos los tiempos.
Esta novela es un impresionante fresco de la Europa de principios de siglo XX, y también una de las más profundas y agudas exploraciones de la condición humana. La habilidad para mostrar las contradicciones sociales y espirituales de su época, la extrema sensibilidad en la construcción de personajes y la aguda erudición que despliega Mann en La montaña mágica convierten esta obra en una lectura que apela -y desafía- tanto a la sensibilidad como a la inteligencia de cualquier lector.
Thoma Mann (1875-1955) es un clásico indiscutible de la literatura alemana. Hizo del ser humano, condicionado por su contexto político y social, y del conflicto entre la vida y el arte o la inteligencia, el centro de buena parte de su extensa obra, en la que destacan, entre otros títulos, Los Buddenbrook (1901), La muerte en Venecia (1912), La montaña mágica (1924), Mario y el mago (1930), Doctor Faustus (1947) y El Elegido (1951). En 1929 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

De Heyrieux a Le Pouzin. (Día 52)

A pesar de estar en pleno mes de Noviembre, esta fue una noche más bien propia de un verano testarudo y remolón, que se resistía a abandonar las latitudes en que las aventuras de este humilde relato se llevaban a cabo, para ir a bendecir los corazones ateridos y anhelantes en el otro extremo del globo, pues pasé bastante calor allí entre las incrédulas lonas de mi tienda, con un saco de cuyo interior las plumas salieron despavoridas en mitad de la noche. Imagino que a esto contribuyó el haberme refugiado en uno de esos pequeños bosquecillos que anidan, aislados, entre los vastos campos de cultivo, y cuyo interior se encuentra libre de la influencia de la refrescante brisa nocturna. A pesar de esto, no fue una noche sencilla, pues precisamente al incidir el viento directamente sobre las gráciles copas de los espigados árboles, se desprendía un estruendo tan ensordecedor, que parecía que de un momento a otro, todos y cada uno de ellos, cederían ante las energéticas acometidas del aire para terminar sepultándome a mí entre un montón de hojas y troncos astillados. Pero este no había sido, ni mucho menos, el único fragor entorpecedor de mi descanso, pues por otro lado se le había sumado el ocasional estruendo proferido por los distintos aviones que aterrizaban en el aeropuerto próximo de Lyon, así como los diversos trenes de mercancía o de pasajeros, que a lo largo de toda la noche circularon a unos doscientos metros de mi improvisada situación. Y, por último, el zumbido procedente de la concurrida carretera de la cual me había desviado el día interior. Todo un espectáculo de ruido, allí, donde todo auguraba un apacible retiro.

Lo mejor de la buena temperatura era que podía comenzar a pedalear más temprano de lo que venía haciéndolo tantos días atrás. Al madrugón me impulsaba el que los días seguían menguando de forma más que ostensible, y había que aprovechar al máximo la luz del sol. Y así recogía por enésima vez todos los bártulos, abandonaba el ruidoso bosquecillo, remontaba la pista de tierra, la de asfalto y retomaba la vía principal comprobando que el cielo había vuelto a cubrirse de grises nubes cargadas de amargura. Pronto comienza a caer una fina lluvia. Yo circulo creyendo acertar mi posición en el mapa, pero tras atravesar varios cruces me percato de que algo falla. Termino preguntando a una chica que iba en su coche, junto a una gasolinera cerrada. La chica, aunque muy atenta, no puede ayudarme, y como estaba estorbando no le queda otra que apartarse, por lo cual yo decido dejar de importunarla para acercarme hasta la gasolinera, cuyo establecimiento se encontraba tan solo habitado, a simple vista, por un chico que tecleaba frente a un ordenador solitario. A parte de eso, no había más mobiliario en toda la oficina, que estaba acristalada por tres de sus cuatro costados. Toco, el chico me abre y le pregunto. Éste, como tampoco sabe indicarme, llama a su compañera, que sale por una de las dos puertas que se dibujaban en la pared desnuda de la derecha. Cuando ya la chica me estaba ofreciendo muy amablemente las indicaciones que yo requería, tocan en la puerta, y cuando me vuelvo observo que es la chica del coche, a la que ya le había preguntado, que aparecía con los alimentos del día en el interior de una bolsita. La gasolinera estaba totalmente desprovista de servicio alguno, ni tenía los surtidores activados ni disponía de tienda, así que la única conclusión a la que llegué es que se encontrase en pleno proceso de apertura. Marcho de allí ya con la certeza de saberme por el camino correcto. La lluvia, aunque débil aún, persiste, mientras yo continúo avanzando por carreteras algo monótonas pero en las que pedaleo sin demasiadas dificultades. Estos kilómetros avanzan algo más rápido y, poco a poco, me voy acercando a las proximidades de Vienne, ciudad a la que llego cada vez más inmerso en el interior de un omnipresente nubarrón que amenazaba con complicar definitivamente la jornada. Cuando llego a Vienne, en el primer cruce que encuentro pregunto a un señor, que me indica la dirección a tomar, esta es, a la derecha, por una calle a la que se ceñían, a ambos lados, edificios rancios, de color amarillo desgastado, y cuyos residentes presentaban el mismo aspecto deteriorado que el de aquellos desafortunados bloques. Un poco más adelante ya alcanzo el río Ródano, del que no me separaría hasta última hora del día siguiente. Aquí ya el tráfico aumenta. Tenía entonces la opción de franquear el río o seguir por la misma ribera en que me hallaba. Opto por esto segundo, aunque pronto comprendo que no era la opción más acertada si lo que buscaba era ahorrar algún kilómetro que otro, pues ésta daba un pequeño rodeo. Por aquí, si bien no era del todo frecuentada, me fui encontrando diversos charcos de cierta profundidad y, claro, los pocos coches que pasaban no podían hacerlo en otro momento que justo cuando me encontraba atravesando alguno de ellos, por lo que al pasar, sin ningún tipo de contemplaciones ni disminuir lo más mínimo la velocidad, terminaban arrojándome encima toda la masa de agua que sus neumáticos eran capaces de arrojar, por lo que ya no solo me llovía por arriba, o por abajo gracias a mis propias ruedas, sino también por los lados. La lluvia seguía en aumento.

Más adelante llego a una población en la que había un nuevo puente por el que cruzar el amplio río. Lo cruzo, y al poco doy con un banco. Como apenas llevaba dinero encima decido acercarme al cajero. Entonces compruebo que mi tarjera debe tener algún problema con la banda magnética, pues me es imposible burlar a la maquinita para que se digne a ofrecerme unos pocos billetitos. Entro en el banco a ver si me pueden cambiar las libras esterlinas que aún llevaba encima. No me las pueden cambiar. La cosa se empieza a poner emocionante. La tormenta seguía en aumento, yo iba completamente mojado, y algún trueno aislado resonaba como queriendo acompañar con un toque de percusión, la prodigiosa melodía interpretada por la intrigante tempestad. Yo sigo por la misma carretera que circula siempre al lado del Ródano, atravesando una y otra población. Pruebo en otro cajero: nada. Entro. Me atiende, muy cordial, la directora de la sucursal, una señorita de ascendencia española, por lo que puedo hablar normalmente con ella. Le echa un vistazo a la tarjera inservible, y a su vez me explica que en las sucursales de estas pequeñas poblaciones no pueden cambiar dinero, por lo que sigo en la misma extraña situación. La lluvia no cesa, y ya no me entran ganas ni de parar a comer. El día sigue transcurriendo y, poco a poco, siempre pensando tan solo en el pueblo más inmediato, termino alcanzando los arrabales de Valence. Sigo de largo. Había seguido probando en distintos cajeros, pero con la misma fortuna anterior. Ya bajo las retraídas luces de una tarde presurosa, llego a un pequeño pueblo en el que, en vista de las horrorosas perspectivas climatológicas, opto por la opción más segura: buscar un techo bajo el que refugiarme, más que por temor a la incidencia directa de la lluvia, porque no aparecían a la vista lugares en los cuales la naturaleza me garantizase que en mitad de la noche el agua no fuese a terminar por derivarme al caudaloso torrente del río Ródano. Pero por más que pregunto en este pueblo, tan solo me indican la existencia de un hotelito que se encuentra justo en mi dirección y a la salida del mismo. Hacia allí me dirijo, advirtiendo como poco a poco voy desembocando, un día más, en una nueva e imprevista situación de desamparo e incertidumbre extrema. Me preguntaba cómo se desarrollarían hoy los acontecimientos, qué me quedaría por experimentar en los más inmediatos instantes. Son momentos extraordinarios, a pesar de las penosas condiciones en las que puedes llegar a encontrarte, pues tienes la convicción de que algo que no vas a olvidar está a punto de sucedete, como si tu memoria preparase un molde especial en el que luego quedará grabado, cual huella de una existencia pasada, cada imagen, cada sonido, cada sensación de las allí vividas.

Llego a la puerta del hotel, que se presenta como una edificación en forma de palacete vetusto y decrépito, en cuyo interior aparece una lamparilla de apariencia tan longeva, que el cable que de ella brotaba no debía de alimentarse de corriente eléctrica alguna, sino más bien debía haberse enraizado a la tierra y de ella debía extraer la energía necesaria para mantenerse encendida, irradiaba una tímida luz mortecina que permitía entrever un reducido mostrador en el que algunos folletos, asentados sobre una mullida capa de polvo, se me antojaban amarillentos y garabateados en algún dialecto en desuso. A mi derecha, una cristalera me presentaba un comedor a oscuras, en el que todo estaba impecablemente colocado: las sillas alrededor de las mesas redondas, con sus manteles con brodes de encaje, sus platos, vasos y cubiertos perfectamente alineados. Las paredes revestidas con un papel estampado de florecillas y del centro de la techumbre pendía alguna especie de arácnido cristalizado. La escena era ciertamente contradictoria, pues por un lado todo apuntaba a que allí se ofrecía algún tipo de servicio, sin embargo, no había ni el más mínimo indicio de vida reciente. Por más que tocaba nadie acudía a mi encuentro, mientras me preguntaba qué clase de broma macabra sería aquella. Parecía como si con la llegada de la noche, todo aquel obsoleto escenario fuese a recobrar repentinamente todo su esplendor, a llenarse de luz, de jóvenes y vigorosas vidas que desempolvarían las telarañas de los rincones, gracias a las corrientes desatadas por el enérgico balanceo de los cabellos, vestidos, bastones o sombreros de los vivarachos y fantasmagóricos huéspedes. Pero todo aquello no eran sino imaginaciones mías, allí el único sonido que se escuchaba era el del constante tamborileo de la lluvia sobre el firme resbaladizo sobre el que yo me mantenía, sonido a través del que se distinguía, tenue y amortiguado, el rinrín del timbre cuando yo pulsaba el pequeño interruptor. Así que en vista de las nada prometedoras perspectivas y de la oscuridad patente, no me queda otra que seguir mi rumbo.

Unos cuantos kilómetros me separan aún del siguiente pueblo. Aquí el aguacero es ya de una comicidad rayana en lo ridículo. Los truenos se suceden uno tras otro, y retumban en la atmósfera como si el universo fuese un colosal auditorio. De las nubes comienzan a emerger, súbitamente, retorcidos trazos centellenates e intermitentes, que cegaban a la vista y estremecían al corazón. Los rayos se exhibían de una forma prodigiosa. El espectáculo no tenía desperdicio, y lo más curioso es que se daba justo en la dirección en que yo iba. Pensaba que cualquier mente razonable se detendría y daría media vuelta, o buscaría algún otro tipo de escapatoria, lo último que se le ocurriría es ir en busca de tan portentosa tormenta, más con la oscuridad de la noche tan cercana, pero yo, siempre empecinado, sigo adelante confiando en la misma suerte que siempre me ha acompañado. La lluvia cae de una manera espantosa, y me preocupa el que en estas condiciones es casi imposible que los coches puedan advertirme, no obstante, sigo hacia adelante, recordando aquellos aguaceros en los que cuando vas en el interior de un vehículo, por mucho que le des al limpiaparabrisas, apenas puedes ver lo que hay delante tuya. Y ahora lo único que me libera del agua son mis pobres y húmedos párpados, que se abren y cierran una y otra vez, en una mueca de desesperación y asombro.

Y sigo avanzando, hasta que definitivamente la oscuridad me alcanza, justo cuando llego a las inmediaciones de la última población del día. A mi izquierda observo un puente iluminado y, al otro lado de este, dos hotelitos que se encuentran aislados de todo lo demás. Cruzo el puente con las pocas fuerzas que me quedan, y hacia el más económico de los dos me encamino. Voy rezumando agua por todos lados, como si fuese una nube andante. Dejo afuera la bicicleta y entro, encharcando las lustrosas losas en las que puedo incluso reflejarme. Me aproximo al mostrador, en el que no hay nadie. Yo me mantengo a la espera. Próximos a mí, tres chicos que acababan de acicarlarse para emprender su particular correría nocturna. Uno de ellos se acerca al mostrador y aprieta un botón que, para mí, hasta ese momento había pasado desapercibido, con la intención de echarme un cable. Al poco aparece la recepcionista, una chica rubia, alta, con anteojos de fina montura, y un tanto tímida, según me pareció. De mi rostro y de mis manos no para de manar agua, por lo que la chica se ausenta unos instantes para regresar con un montoncito de servilletas. Le pregunto si hay una habitación libre, a lo cual ella responde afirmativamente. Cuando me dispongo a pagar con la tarjeta, momento temido este, ocurre lo que tanto andaba yo presintiendo, que además de no poder sacar dinero del cajero tampoco podía pagar con ella. La chica prueba una y otra vez, yo ciertamente turbado, preguntándome ahora cómo iba a salir de esta. El efectivo del que disponía no me era suficiente, y eso le hago saber a la muchachita, la cual terminó compadeciéndose de mí y me perdonó la diferencia, cosa por la que le que profundamente agradecido. Luego me quedaba por pedirle otro favor, que me dejase guardar la bicicleta en algún lugar. Ella va a consultar y luego regresar rogándome que la siguiera. Atravesamos un pequeño pasillo y me conduce hasta un cuarto presidido por una gran mesa redonda. Apoyo la chorreante bicicleta a un lado, desligo el equipaje y me dispongo finalmente a instalarme en mi cuarto. Los relámpagos iluminan la estancia antes de que yo atine a encender las luces. El día estaba hecho. Me doy una ducha caliente y me tiro en la cama a ver el Canal Internacional de TVE, mientras ceno. La situación era la siguiente: no llevaba un solo euro encima, mi móvil estaba estropeado, la pantalla táctil no funcionaba y no podía ni marcar el código PIN; mis provisiones eran escasas y según la televisión el tiempo no prometía mejorar en los próximos días. Y lo curioso era que en el fondo todo esto me divertía, ya buscaría la manera de salir de esta, aunque todavía no sabía muy bien cómo. Cierro los ojos realmente tranquilo, mi cuerpo siente como todo el cansancio se desparrama sobre el colchón, como si pesase mucho más de lo que podía pesar, pues a estas alturas ya iba completamente consumido. Y así entro en un profundo estado de somnolencia, del que solo sería capaz de arrancarme el sonido de mi despertador, del cual me venía haciendo en los últimos días.

Nota: En general, en este viaje he sacado muy pocas fotografías, y especialmente en días como este se comprende el porqué. De ahí la importancia que guada para mí el elaborar una pequeña y amena crónica de lo acontecido. Ya habrá tiempo de ilustrar las próximas aventuras a través de bellas imágenes.

Soldados de Salamina (JAVIER CERCAS)

Cuando en los meses finales de la guerra civil española las tropas republicanas se retiran hacia la frontera francesa, camino del exilio, alguien toma la decisión de fusilar a un grupo de presos franquistas. Entre ellos se halla Rafael Sánchez Mazas, fundador e ideólogo de Falange. Sin embargo, Sánches Mazas no sólo logra escapar de ese fusilamiento colectivo, sino que, cuando salen en su busca, un soldado anónimo le encañona y, en el último momento, le perdona la vida. Su buena estrella le permitirá vivir emboscado, protegido por un grupo de campesinos de la región, aunque siempre recordará a aquel soldado de extraña mirada que no lo delató. El narrador de esta aventura de guerra es un joven periodista que se propone reconstruir el relato real de los hechos y desentrañar el secreto de sus enigmáticos protagonistas. No obstante, un quiebro inesperado le llevará a descubrir que el significado de esta historia se encuentra donde menos podía esperarlo, "porque uno no encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega".

Península de Dingle. (Día 8)

Sobran las palabras...
Como venía siendo habitual, cada mañana, al despertar, me saludaba una lluvia arrulladora, y me invitaba a permanecer bien calentito en el interior de mi saco durante algunos minutos más. Y es en estos momentos cuando llevaba a cabo una función mucho más importante de lo que podía prever. ¿Por qué? Por estas agraciadas tierras irlandesas, al contrario que, por ejemplo, en Francia, cuando visitaba una de mis secciones favoritas dentro de un supermercado, esta es, la de las galletas y chocolatinas, podía encontrar un amplio surtido de galletas digestivas, de las cual hasta la fecha venía haciendo uso, más que nada, porque su ingesta me resultaba sencillamente placentera. No obstante, tras haberlas escogido esta vez como fieles compañeras de desayuno, he podido comprobar sus beneficiosos efectos, más si tenemos en cuenta el hecho de estar fuera de casa, sin una dieta todo lo correcta y equilibrada que se debiera. Estas situaciones suelen ser el origen de un cierto desbarajuste digestivo, y éste suele manifestarse por un aumento de la capacidad de retención de determinadas sustancias de deshecho. Sin embargo, tomando unas cuantas galletitas digestivas en el desayuno, es posible evitar, en cierta medida, estos problemas. Afortunadamente no suelo tener excesivas dificutades respecto a este asunto, pero puedo dar fe de la conveniencia de tener esto en cuenta.

Pongamos ahora el supuesto de que hubiese dormido en un pastizal encharcado, en el que el viento hubiese sido lo suficientemente intenso como para desprender la lona exterior de la tienda (la impermeable) de la otra, lo cual podía haber dado lugar a que yo tuviese que salir, tal cual vine a parar a este mundo de contradicciones, bajo la lluvia o sobre ella, según se mire, a colocarla en su sitio, al menos, en dos ocasiones, antes de levantarme definitivamente, recoger y saltar una valla para retomar la marcha de cada día. Si nos ponemos en dicho supuesto, nos haremos una fácil idea de lo divertido que podría resultar, ¿verdad? Y si ya luego, al comenzar una jornada en la que tenía depositadas grandes esperanzas, nos encontramos con lo que a continuación había que encontrarse, más aún. En un viaje de este tipo es uno mismo el que marca la dureza, de eso no hay duda, pues eso uno el que selecciona los kilómetros u horas a recorrer, por dónde prefiere circular, o las condiciones que está dispuesto a soportar. Pero aun cuando no pretenda endurecerlo voluntariamente, es irremediable verse envuelto en situaciones algo engorrosas, fundamentalmente por la continuidad, porque si no es una cosa es la otra, un día sí y otro también. Así que hoy, tras lo que se intuye una noche inquietante, había que afrontar un puertecillo que nos alcanzaría hasta el conocido "Connor Pass". Esta subida la hago con fuerte viento en contra, frío, lluvia, niebla, carretera en mal estado y de pendientes acusadas, por lo que decido hacerla toda de un tirón y así quitármela lo antes posible de encima. A penas pude sentarme, tenía que ir de pie sobre la bici todo el tiempo, lo cual se dejó sentir luego en mis pobres rodillas. Pero lo peor de todo no era eso, sino que otro día más no pude disfrutar del paisaje todo lo bien que resulta deseable. De todas formas debo decir que son precisamente estas cosas las que favorecen el que realmente la experiencia sea bastante provechosa e instructiva, a pesar de mis aparentes lamentos. En medio del ascenso me tropiezo con otro viajero en bicicleta, y pienso en que éste si que supo elegir la dirección correcta. Una vez arriba paro para no disfrutar de vista alguna y enfriarme un poco más, ¡vamos, para nada! pero bueno, ahora tan solo había que bajar hasta Dingle, y en este descenso me vuelvo a encontrar a otro ciclista.

Tras una rápida y húmeda bajada llego al pueblo, donde me dirijo al primer supermercado que encuentro para hacerme con las provisiones del día, y así desentenderme ya del asunto. Mojado y muerto de frío iba yo por la sección del pan, cuando de pronto un chico y su novia se me acercan amistosamente y me pregunta que de dónde soy. Yo le contesto que español, y esto parece encender la llamita de una efímera amistad. Se trataba de un chico italiano que vivía en Dublín, que hablaba algo el español, y que movido por mi aspecto delator decidió acercarse. Luego cada uno sigue a lo suyo y yo marcho contento por haber podido conversar con alguien después de algo más de una semana. Después me doy un breve paseo por el pueblo y de allí me voy improvisando una ruta circular por el extremo occidental de la península. La carretera que tomo comienza con una extensa recta que parece no querer finalizar, para luego ascender durante unos pocos kilómetros. El día definitivamente se presentaba nublado, ventoso y con lluvia, por lo que no disfruto apenas del entorno. Aun así decido realizar el itinerario inicialmente previsto. Hay momentos como este, en que lo único que me impulsaba era el pensar que es posible que nunca vuelva a visitar tal zona, y eso hace que me lo tome con calma, me resigne y disfrute de otro tipo de cosas mientras pedaleo, ya sea de mis propios pensamientos, ya de la grandiosa sensación de libertad que vivir así ofrece. Después de haber llegado al Bradon Crrek y haber dado la vuelta, llegaba a un pueblo en medio de un aguacero considerable, por lo que no me queda otra que parar para guarecerme un poco. Aprovecho para meterme en un bar amplio y acogedor, y allí mismo me tomo un chocolate caliente. Mientras doy cuenta de él, saco mi libro y me pongo a leer tranquilamente. Instantes de recomposición. Luego de este plácido rato, salgo de nuevo y cuando me disponía a coger mi bicicleta, que estaba afuera apoyada contra el ventanal, siento unos golpecitos en el cristal, como si me estuviesen llamando. Como los golpes no cesan, vuelvo a entrar a ver si es que me había dejado algo. Pero cuando entro, a quien me encuentro es al chico italiano con su novia. Me invitan a tomar algo, pero declino cortésmente la oferta, ya que se me había hecho tarde. Aunque luego entendí que tal vez debía haber pasado un rato más con ellos. No todos los días te tropiezas con gente tan amable y amistosa.

De aquí salgo con la intención de terminar la ruta circular hasta llegar de nuevo a Dingle. El tiempo ahora me respeta, y puedo disfrutar un tanto mejor del bonito entorno. Aún no sabía muy bien cómo, pero el caso es que las horas se habían esfumado, y el día no había cumplido con las expectativas iniciales ¡no problem!, esto es así. Avanzo ahora pensando en dónde tocaría hoy dar satisfacción a mi agotamiento. Llego a Dingle, pequeño pero grato paseo y finalmente tomo rumbo salida de la península. La verdad es que me esperaba un territorio más aislado, menos transitado, con menos viviendas, menos coches, tal vez esto influyó en el asunto de las expectativas. Asimilado esto sigo y sigo avanzando, y paso un pueblito y luego otro, siempre mirando hacia los lados, a ver cómo se presentaba el terreno, si algún lugar se ofrecía a darme cobijo durante unas horas. De pronto observo en la distancia un lugar con buen aspecto, una montaña en forma de media luna con una arboleda próxima, así que tomo un desvío de tierra por el que me trago todos los bichitos de la región. Tras rebuscar un acceso en condiciones, opto finalmente por dar media vuelta, aquí no hay manera, todo acotado, o embarrado, o cualquier otra cosa que imposibilita la ¿acampada? ¿yo? ¡Nunca! ¡Que conste bien claro! ¡Jamás me atrevería ni me atreveré! ¡Eso es de gente despreciable! Sigo avanzando bajo las postrimeras luces vespertinas, subiendo o bajando agún que otro repecho, por carretera cómoda y poco transitada, hasta que llega un punto en que me resulta inútil seguir avanzando.

Entonces, también aquí podría haber girado por una estrecha entrada a la izquierda, que me introducía en una carreterucha bacheada y de pendiente a tener en cuenta. Y bajo la luz de la imaginación y entre las sombras de la incertidumbre seguí avanzando, entre casas solitarias y terrenos no del todo solidarios, sin encontrar un mísero rincón en el que poder olvidarme de mí mismo. Y seguí subiendo, y la carretera se transformó en pista, y cada vez más alejado pero cada vez más cerca de todo. Los lunares de la noche aderezaban mis pensamientos. También proyectaban sus tímidos haces luminosos sobre la tierra, como queriendo guiar mi camino, pues por mí mismo casi no era capaz de divisar las piedras, charcos y socavones que se repartían por él. Y cada vez más próximo de una cima desierta, así que termino por dar la vuelta y revalorar mi entorno. Pero por mucho que revalorase, nada por aquí, nada por allá, hasta que al final, podría haber tomado la determinación de saltar unos alambres herrumbrosos y puntiagudos, para ir a parar sobre un matojo de altas hierbas en las que clavar las piquetas era todo una hazaña. Allí mismo podría haber montado la tienda, haberme metido dentro para terminar encajado de tal forma entre tanta hierba, que al día siguiente despertaría tal cual me acosté. Extrañamente, podría haber sido la noche más cómoda de todas, probablemente en la que mejor dormiría. Pero recordemos que, todo esto, probablemente no sea sino el producto de una imaginación febril y sedienta como la mía.

Botchan (NATSUME SOSEKI)

Botchan es un indiscutible clásico de la moderna literatura japonesa y, desde hace más de cien años, una de las novelas más celebradas por los lectores de aquel país. Considerada el Hucklebeey Finn nipón, y comparada también con El guardián entre el centeno, narra las aventuras de Botchan, un joven tokiota descreído y cínico, alter ego de Soseki, al que mandan como profesor a una escuela rural situada en la remota isla de Shikoku. En su nuevo destino pronto se topará con una serie de insólitos personajes, como el jefe de estudios "Camisarroja" o el "Calabaza", un triste profesor de ciencias de aspecto enfermizo y ánimo sombrío. Pero sobre todo se verá obligado a hacer frente a una auténtica caterva de fieros alumnos asilvestrados, que se consagrarán a hacerle la vida imposible.